Un paseo en canoa

Un cuento de chocolate 2

Belinda

1/24/20262 min read

Mario había encontrado una canoa vacía en el río que no hacía más que llamarle. Es cierto que las canoas no hablan, al menos eso pensó Mario. Pero había algo que le invitaba a subir. Sin pensarlo dos veces, se montó sobre el pequeño barco de madera y navegó río abajo.

De repente, la canoa se tropezó con un trozo de tierra y paró. Mario no sabía manejarla así que, decidido, se bajó para ver dónde se encontraba.

No podía creerlo, aquella canoa le llevó a descubrir un mundo maravilloso, donde los nativos compraban tiempo a cambio de monedas de chocolate.

Mario se quedó contremplando aquel lugar lleno de hombres en taparrabos y mujeres con sencillos vestidos de tela y paja.

Anduvo unos pasos cuando, de repente, un nativo se fijó en él. Mario le sonrió, pero la mirada que le devolvía el nativo no era todo lo agradable que le hubiera gustado. Es más, era una mirada llena de avaricia o... nosabía Mario descifrarlo bien.

De pronto, notó una punzada en el estómago e, instintivamente, se llevó la mano derecha buscando apaciguar el dolorcillo. Entonces notó que su estómago estaba duro.

Por un momento pensó: «Vaya, las horas de gimansio parecen haber dado más frutos de lo que me esperaba». Sin pensarlo, se subió la camiseta y se miró la tripa.

Asustado, comprobó que su abdomen parecía una tableta de chocolate, pero una tableta de chocolate de verdad, de chocolate nigro, sin ombligo, solo líneas horizontales y verticales qeu hacían las divisiones de las onzas. No le dio tiempo a recuperarse del susto, cuando comprobó que sus dedos parecían barritas de chocolate, sus antebrazos Toblerones y sus músculos se habían convertido en deliciosos bombones.

De pronto, Mario comprendío la expresión del nativo. ¿Cuántas monedas de chocolate podrían conseguir con él?

Un sudor frío le recorría la cara y le llegaba hasta la boca. ¡Oh, no! Sabía a sirope de chocolate. Todo en él era delicioso cacao y no sabía qué hacer.

Pensó en salir corriendo por donde había venido, pero se dio cuenta de que estaba rodeado de nativos que le miraban con ojos golosos.

No podía más, aterrado, se sentó en el suelo con los ojos cerrados esperando su trágico final. Pero al cabo de un rato, nada. No pasó nada. No sinitó nada.

Abrió los ojos y levantó la cabeza, cuando se dio cuenta de que todo estaba oscuro. Encenció la luz de su habitación y comprobó que su estómago seguía siendo igual de redondo que antes y sus brazos aún estaban flácidos. Por un momento se alegró, no le importaba su aspecto de antimodelo de pasarela. Estaba bien y eso era lo importante.

Se tumbó de nuevo y pensó: «Pfff, no puedes darte esos atracones de chocolate antes de irte a dormir, Mario. Otra vez no».

Bienvenidos

Espacio para compartir historias y aventuras diarias.

Contacto

Colaboración

1ratoentrelibros@gmail.com

© 2024. All rights reserved.