Pastelitos de muerte

Cuento con sabor a chocolate

Belinda

1/17/20262 min read

Alicia acababa de llegar a casa después de salir a correr. Estaba muy cansada. Se había levantado con ganas de descargar tensión, por eso había hecho un recorrido más largo de lo habitual y notaba el esfuerzo.

Aun así, dedicó unos segundos a mirar el móvil y comprobó que tenía un mensaje. La abuela de Marga había fallecido esa misma noche y sus compañeras de trabajo iban de camino al tanatorio.

La abuela de Marga tenía 92 años. Alicia pensó que ojalá pudiera llegar ella a esa edad.

Se duchó rápido, cogió una manzana para comer y se dirigió a ver a Marga. Solo eran 20 minutos andando.

Marga había sido compañera de trabajo de Alicia durante más de 15 años y, aunque ya no estaban en la misma oficina trabajando codo con codo, habían mantenido una buena relación todo este tiempo. No podía faltar en ese momento.

Llegó al tanatorio y no vio a ninguan de sus amigas. Decidió entrar y preguntar:

—Perdone, ¿la señora Magdalena García?

—En la sala 2. Primera planta, al final del pasillo —contestó amablemente el señor de la recepción.

—Gracias.

Alicia subió las escaleras andando, una planta no era mucho. Pero a mitad del camino, notó un ruido en su estómago que le indicó que una manzana no había sido suficiente. De pronto, sintió un león dentro de ella que quería devorar todo lo que se pusiera delante.

Llegó al primer piso y, sin querer, miró de refilón a la sala 1. Y, de repente, lo vio. Allí estaba: una enorme bandeja llena de pastelitos. Alicia se sintió tentada de entrar, pero no tenía excusa. No conocía a nadie y le parecía un poco descarado entrar a coger un pastel y salir como si nada.

Por un momento pensó: «Ojalá haya algo de comer también, por favor». El hambre iba en aumento según pensaba en la bandeja de pastelitos que acababa de ver.

Cuando entró en la sala 2 no pudo evitarlo. Buscó la posibilidad de que hubiera pastelitos, bizcochitos o un tentempié. Algo, lo que fuera, cualquier cosa que pudiera llevarse a la boca. Pero no había nada. En su lugar, enocntró a mucha gente llorando.

Alicia miró por todas partes, ,buscando a Marga para poder darle el pésame, hasta que encontró su cara entre toda la gene, pero no pudo acercarse. Había uchos familiares. Alicia no sabía qué hacer.

En su cabeza solo había pasteles de chocolate, deliciosos bizcochos de zanahoria y bombones. Su estómago lo sabía también y no paraba de recordárselo en todo momento, con ese ruidito y esa senación de vacío interior.

De pronto, se le ocurrió una idea. Se acercó a la sala 1 con cuidado, esperando que nadie la reconociera ni la saludara por el pasillo. Miró hacia los lados, hacia delante y hacia atrás, para comprobar que nadie se fiajba en ella.

Así, llegó hasta la ansiada sala, abrió la puerta y, con sigilo, cogió uno de los pastelitos. Recolocó los demás para disimular el hueco... ¡Había conseguido el crime perfecto! Ahora, con la boca limpia, si alguien le preguntaba qué hacía allí, podría contestar un simple "me equivoqué de sala".

Más tranquila y con el estómago calmado, se acercó de nuevo a ver a su compañera de trabajo. Esta vez parecía que se había quedado sola. La abrazó mientras un pequeño hueco de su cabeza daba las gracias por haber encontrado esa bandeja en el mejor momento.